El Asesino de la mesa final

    • Rainmy
      Rainmy
      Super Moderador
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      Registro: 07-17-2009 Artículos: 12.624
      [Este relato es mi 2da y última bala en un duelo de escritores que organiza una página de poker]

      El asesinato había ocurrido cuatro días antes de aquel día. En el piso que quedaba arriba de la sala donde se jugaba el torneo, hallaron muerto a uno de los jugadores habituales del casino, le habían clavado un cuchillo en la barriga, murió desangrado. Esa pequeña sala siempre era elegida por los jugadores para echar unas partidas de a dos, llamadas head-up, en las que se apostaban por una cantidad de dinero mucho mayor que las que ofrecían la dadivosidad democrática de las de abajo. La hora en que debió de efectuarse el crimen fue seguramente un poco más temprana de la que solía la sala en estar ocupada, es decir, el infortunio debió ocurrir entre las 4 y 6 de la tarde. Usualmente eran 3, 4 parejas, máximo 5, que la ocupaban para dirimir sus enconosas rivalidades despertadas desde las mesas de la gran sala del piso inferior. Usualmente las parejas no pedían un dealer, los jugadores se turnaban mano tras mano para barajar y repartir las cartas.

      El nombre del infortunado sólo importaba para los registros, ya que en toda la ciudad era conocido por su apellido: Stevens. Como suele ocurrir en estos casos, a Stevens no se le conocían enemigos, aparentemente no presentaba ningún problema de tipo económico o financiero, era divorciado, sin hijos, y muy apreciado en la comunidad, sobretodo, en la de poker. El cadáver presentaba una herida mortal en la parte derecha de la barriga, lo que podía indicar que el asesino era zurdo; y de acuerdo con los exámenes del médico forense, la herida penetraba el abdomen con una dirección descendente en diagonal hacia el centro, lo cual me permitió inferir que el malhechor era mucho más alto que su víctima y que me corroboraba la hipótesis de la mano equivocada. El desafortunado medía 1,72cm y por tanto el agresor debía medir como mínimo 1,80cm. Todo esto lo deduje gracias a mi longeva carrera como inspector de policía, circunscrito desde hacía años en esa ciudad.

      El torneo había empezado el día anterior del crimen. Se suspendió el día del triste suceso durante 3 días, incluido el del deceso, para reanudarse al día siguiente. Se inscribieron 68 participantes, de los cuales sólo 6 eran extranjeros. Hacia éstos dirigí mi mirada de policía avezado. En esa modesta ciudad nunca había ocurrido un crimen en los círculos del poker, por lo que desechaba completamente la posibilidad de que el victimario fuese local, siempre me he basado en aquel precepto de la criminalística: los asesinos siempre son reincidentes.

      El asunto era que de los 6 extranjeros, apenas 3 llegaban a 1,80cm de estatura -el resto estaba lejos-; y de ellos ninguno era zurdo. Durante los tres días de duelo tuve algunas entrevistas con los “sospechosos”, que no me condujeron a nada, hubo algunas respuestas nerviosas, otras incoherentes; pero en realidad no sabía si achacárselas al motivo de la investigación o a la tensión natural que viven los jugadores de poker durante un torneo: continuamente repasan mentalmente las jugadas de los días anteriores buscando secuencias en las apuestas de sus rivales, sus comportamientos cuando las hacen -ellos lo llaman ‘tells-, y el tamaño de ellas; todo un imbricado proceso de elucubraciones que los consume a la par de la espera del ‘shuffle and deal’ – en el curso de esa semana tuve que adentrarme en el léxico del poker, y por ende, aprendí algunos términos-.

      El día siguiente al de la reanudación era el de la mesa final, finalmente me encontraba como un espectador más, entre muchos otros: la unidad entera que tenía yo a cargo, casi todos los jugadores del torneo quienes habían visto esfumarse sus esperanzas de titularse, pero que mantenían vivo su interés por saber quién iba a ser el ganador, y media ciudad que abarrotaba los espacios hasta tener que situarse en la calle. Los minutos transcurrían y la mesa final se fue achicando. Todavía me encontraba allí cuando quedaban los 2 últimos, a punto de definirse quien iba a ser el ganador. Uno de ellos era uno de mis sospechosos, era el que más me había levantado dudas durante los interrogatorios, quizás con más días hubiese llegado al fondo de su nerviosismo y de sus respuestas incongruentes. Tenía más de 1,80cm de estatura pero era derecho, si no fuera por esto último podía ser el asesino o simplemente eran especulaciones mías.

      De repente, y sin avisar, llegó aquella mano, después de una serie de apuestas llegaron al turn y en la mesa habían las siguientes cartas 6-7-2-A, todas de distinto color –rainbow me señaló un aficionado- después de una apuesta del jugador foráneo, el local dijo all-in y el otro apenas dejó correr unos segundos y con una sonrisa de satisfacción dijo: Call. El extranjero mostraba 2-2 y el local enseñó un 9-T lo que su all-in era un bluff –días después me corrigieron y me dijeron que era un semi bluff- En ese momento el jugador local consciente de que su probabilidad de ganar la mano era muy baja, reducida a 4 cartas –4 outs me precisaban los expertos- hizo un ademán como de resignación y fue a donde el rival para estrecharle la mano, le extendió la derecha y el extranjero en un movimiento rápido, casi imperceptible, estiró un poco el brazo izquierdo para inmediatamente corregir inmediatamente la mano derecha. Aquí se me iluminó el entendimiento: ¿y si era zurdo y me mintió? ¿También podía ser ambidiestro, y no me mencionó nada? Y fugazmente como los vagones de un tren que pasa al frente de nosotros, a mi mente vinieron imágenes que las había grabado en mi memoria sin darme cuenta durante toda esa tarde y parte de aquella noche: cada vez que recibía las cartas, las tapaba con las dos manos como haciendo un cono y luego levantaba una de las esquinas de las carta con el pulgar izquierdo para observarlas- cuando no participaba en una mano lanzaba las cartas con la mano izquierda- las pilas de fichas las amontonaba con ambas manos haciendo una torre, pero cuando ésta estaba bastante alta y requería mayor equilibrio para colocar las fichas, lo hacía con la mano izquierda. “¡¡Éste es mi hombre ¡¡” pensé. Ahora estaba seguro de ello, ¿¿Pero cómo le hacía??…. todas las miradas estaban puestas sobre la mesa, ansiosas de ver aparecer la 5ta carta, al ganar este hombre, todos los reporteros y celebraciones se iban a lanzar sobre él, y apenas lo dejarían cuando estuviese subiendo las escaleras del avión. ¡¡Pero algo tenía yo qué hacer ¡¡….

      El dealer agarró aire y comenzó su ritual: dio dos golpecitos en la mesa, agarró la 1era carta del mazo y la apartó –la ‘quemó’-, y su mano fue a buscar la que vendría para la mesa. En esos instantes sin saber qué hacer... pero que me urgía hacer algo y ya... sólo se me ocurrió gritar un nombre con la fuerza de mis pulmones: ¡¡¡¡ Ste-vens ¡¡¡¡ Todas las miradas, incluida la del dealer que interrumpió su liturgia, buscaron el lugar donde provenía la voz. Los ojos del jugador extranjero, cual faro en la penumbra, me avistaron y a continuación se desplomó. No fue necesario darles las instrucciones a mis gendarmes, ya iban en busca de la presa. Todavía faltaba mucho en la investigación pero por fin tenía una buena hipótesis para desenredar la madeja, y en toda esa semana por primera vez pude respirar profundamente.


      [Mi blog:http://microlimiteroxsiempre.com/]
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